Mientras llega el Sistema de Cuidados
En México seguimos organizando los cuidados con una certeza muy conveniente: alguna mujer encontrará cómo resolverlos.

Mientras llega el sistema de cuidados
Por Fernanda Aguayo
En México seguimos organizando los cuidados con una certeza muy conveniente: alguna mujer encontrará cómo resolverlos. Si una niña se enferma o una persona mayor necesita compañía, habrá una madre, una hija o una abuela que ajuste sus horarios. Y, cuando las horas del día no alcancen, recortará las de descanso.
Este 29 de octubre se cumplen tres años de la primera conmemoración del Día Internacional de los Cuidados y el Apoyo[1]. Tres años después, seguimos esperando un sistema nacional que garantice el acceso a los cuidados sin dar por hecho que las mujeres pondremos todo lo que haga falta.
El Plan Nacional de Desarrollo 2025–2030[2] habla de redistribuir los cuidados y de corresponsabilidad. Hay pasos institucionales para construir el sistema. Pero entre el lenguaje de los compromisos y la vida cotidiana sigue habiendo una distancia que pagamos nosotras. Un anuncio no resuelve quién cuidará mañana mientras salimos a trabajar.
Un sistema de cuidados tendría que sentirse en cosas muy concretas: encontrar un lugar accesible y seguro para dejar a una hija o contar con apoyo para acompañar a un familiar enfermo. También tendría que llegar a quienes trabajan sin seguridad social. De lo contrario, la posibilidad de cuidar seguirá dependiendo del dinero de cada familia y de la disponibilidad de alguna mujer.
Esa disponibilidad tiene un enorme valor. El INEGI calculó que, en 2024, el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado equivalió al 23.9 % del PIB[3]. Casi tres cuartas partes de ese valor las aportamos las mujeres. La economía se sostiene, en buena medida, sobre un trabajo al que después se trata como si fuera una obligación natural nuestra.
La lógica capitalista del trabajo se acomoda muy bien a ese arreglo. Exige personas siempre disponibles y deja que alguien más resuelva lo que ocurre fuera de la oficina. Una reunión se alarga como si recoger a los hijos o acompañar a un familiar al médico fueran asuntos que pudieran posponerse indefinidamente. Si alguien pide salir a tiempo, tiene que explicar por qué su vida también necesita espacio.
El Estado reproduce esa lógica cuando actúa como empleador. Resulta muy cómodo hablar de igualdad en los discursos y seguir premiando, dentro de las propias instituciones, a quienes pueden quedarse hasta más tarde. Quienes tienen responsabilidades de cuidado terminan justificando su salida, aunque hayan cumplido con su trabajo. La presencia se confunde con el compromiso y cuidar se vuelve una desventaja profesional.
Así, la corresponsabilidad sigue pareciéndose demasiado a una utopía. Mientras una madre tenga que dejar todo organizado para que un padre pueda “ayudar”, la responsabilidad seguirá siendo de ella. Y mientras las empresas y las instituciones consideren los cuidados un
problema personal de sus trabajadoras, seremos las mujeres quienes tengamos que acomodar nuestra vida alrededor del empleo.
Con ese panorama, me cuesta compartir el asombro por las cifras de fecundidad. El INEGI reportó para la Ciudad de México una tasa de 0.8 hijas e hijos por mujer en 2024[4]. El dato plantea preguntas sobre el futuro del país. También debería llevarnos a mirar el presente en el que las mujeres decidimos si queremos y podemos ser madres.
El deseo de tener hijxs convive con la posibilidad de perder ingresos, frenar una carrera o asumir casi toda la crianza. Tener un empleo tampoco resuelve por sí solo esa incertidumbre si conservarlo exige actuar como si no tuviéramos responsabilidades familiares. ¿Con qué tranquilidad se toma una decisión así cuando sabemos que buena parte de sus costos seguirá recayendo sobre nosotras?
A esa cuenta se suma la posibilidad de tener que perseguir una pensión alimenticia. El deudor incumple; la madre tiene que conseguir lo que falta y, además, encontrar tiempo y recursos para exigirlo. Las consecuencias también las viven las hijas y los hijos. Hablar de corresponsabilidad exige hacerse cargo de ese abandono.
Y en la conversación también caben los discursos misóginos de las comunidades incel y otros espacios digitales (manosfera) que culpan a las mujeres de las frustraciones masculinas. Criar en pareja supone confiar en alguien con quien compartir responsabilidades. La normalización del desprecio hacia las mujeres merece atención cuando discutimos qué relaciones estamos construyendo y qué podemos esperar de ellas.
Esta es la discusión que queremos abrir desde el DIGEyS: qué tienen que cambiar el Estado, las empresas y la comunidad para que cuidar deje de cerrarnos oportunidades. La igualdad tiene que alcanzar la manera en que se organiza el trabajo y se reparten las responsabilidades dentro de las familias.
Este 29 de octubre, los compromisos deberían venir acompañados de respuestas para quienes al día siguiente tendrán que volver a resolverlo todo. Las mujeres ya estamos poniendo el trabajo. Ahora les corresponde al Estado, a las empresas y a los hombres asumir la parte que llevan demasiado tiempo dejando en nuestras manos.
[1] CEPAL. Primera conmemoración del Día Internacional de los Cuidados y el Apoyo Primera conmemoración el 29 de octubre de 2023.
[2] Diario Oficial de la Federación. Plan Nacional de Desarrollo 2025–2030 Objetivo T1.2 y estrategias T1.2.1 a T1.2.6
[3] INEGI. Cuenta Satélite del Trabajo No Remunerado de los Hogares de México 2024 25 de noviembre de 2025, p. 1. Valor económico de los cuidados y el trabajo doméstico.
[4] INEGI. Encuesta Intercensal 2025 22 de septiembre de 2026, p. 10. Tasas globales de fecundidad referidas a 2024.
